Los Reyes Del Nueve

A Mi Reina

A tí, mi Reina; ¿cómo describirte con palabras?. ¿Cómo algo tan pequeño puede hacerme sentir este amor tan grande hacia tí, aún después de haberte ido?. És difícil describir toda una vida juntas, mi niña. Tampoco quería hacer de ella una Oda, ni glorificar de forma pomposa tu partida. Tu sabes que te he querido más que a ningún otro perro de éste mundo, y que siempre te tendré conmigo en mi corazón. Sin embargo, pensando en la mejor manera de narrar tu historia se me ocurrió algo, y me dije: ¿Por qué no un cuento?.

Una Pequeña Gran “Reina”

Reina cuento hadas

Érase una vez, en un reino muy lejano a donde nadie hasta hoy ha podido llegar nunca, que vivían una preciosa princesita y su anciano padre, el rey de aquel lugar.
Aquel, era un sitio maravilloso. Preciosos jardines repletos de flores y árboles emergían de la fértil tierra dando forma y color al vergel, y un suntuoso y resplandeciente palacio de color blanco perlado eran el hogar de la joven princesita.
El rey, ya muy mayor, tan sólo tenía una hija, y la reina hacía algunos años que había muerto, por lo que se sentía muy solo en aquel enorme castillo, a excepción de la compañía de su princesa.
Al ser ella hija única, recibía constantes cuidados y caprichos por parte del bondadoso rey, que le consentía y otorgaba todo aquello que ella le pedía. Un día eran vestidos nuevos de la seda más fina, y al día siguiente una torre hecha de los más deliciosos dulces. Pero ocurrió que capricho tras capricho, el carácter de la niña fue empeorando, convirtiéndola en una muchachita egoísta y consentida, que no pensaba más que en ella, maltratando a sus propios criados y a todo aquel que estaba cerca suya, incluso a su buen padre. El pobre rey, entristecido por el comportamiento de su hija, no sabía que hacer. No tenía valor para castigarla, ya que temía que le odiara, y era la única persona que le quedaba en éste mundo.

Sucedió entonces que un buen día el rey cayó enfermo de repente. Vinieron muchos médicos a verle desde distintos puntos del país, pero todo fue inútil, pues nadie sabía del mal que sufría el soberano.
Un noche, cuando las estrellas brillaban más fuertemente que nunca, y el monarca quedó solo acostado en su habitación, un extraño resplandor cruzó el cielo brillantemente en forma de estrella fugaz. Recordando las viejas historias acerca de luceros que concedían deseos, se sonrió inocente, y cerrando los ojos pidió el suyo:
—Por favor, estrellita, cuida de mi pequeña y ayúdala a ser humilde y tierna como lo fue su madre, y no la dejes nunca que esté sola, como lo he estado yo, por favor.
La estrella brilló entonces fuertemente, como queriendo responder a la plegaria del anciano, mientras que éste, agotado, exhaló su último aliento.
Pasaron los días, y tras los funerales del viejo rey, todo volvió a la normalidad. La pequeña princesa, pasó entonces a ser la reina de aquel país, y como tal, ostentó el trono y la corona real. Sin embargo, ni la repentina muerte del monarca consiguió ablandar el corazón de la infante, que día tras día seguía tiranizando a sus vasallos con sus disparatados caprichos.
Un noche, cuando ya todo el mundo dormía, la pequeña reina se levantó de la cama desvelada y dio un paseo por sus enormes jardines. Entonces miró al brillante cielo, completamente cuajado de estrellas, y observó que una de ellas brillaba con más fuerza que las demás. Embelesada por la hermosura del resplandeciente astro pensó entonces para sí:
—“¿Y si ordenara a mis criados que fueran a traerme esa preciosa joya?”. “Sin duda, algo tan hermoso debe de ser mío” —pensó ella.
Y fue en aquel momento que ocurrió algo sorprendente. Del mismo cielo, la deslumbrante estrella comenzó a caer con rapidez, como si se descolgara del mismo, en dirección a la pequeña. La niña, asustada, corrió a esconderse tras el grueso tronco de un árbol dorado. De repente, una blanca e inmaculada luz rodeó todo, y cuando la pequeña reina asomó su naricilla para ver qué estaba pasando, la delicada y grácil estampa de una preciosa mujer envuelta en livianas y brillantes ropas, apareció ante ella.
—Soy el ángel de los sueños —dijo ella con voz dulce y melodiosa—. Sal, pequeña reina, donde pueda verte.
La muchacha, sorprendida por el candor que desprendía, salió de detrás del árbol y le preguntó titubeando:
—¿Tú…, eres la estrella que he visto caer del cielo hace un segundo?.
—Así es, —le respondió—. He venido hasta ti porque tu padre me pidió algo con mucha fuerza hace unos días, y le prometí desde el cielo que haría todo lo posible por hacer que se cumpliera su sueño. Tu padre estaba triste, pequeña niña. Tan, tan triste, que esa misma tristeza lo consumió hasta que ya no pudo aguantar más, y deseó con fuerza marcharse. Esa tristeza, era en muy buena parte por ti.
—¿Por mí? —le peguntó ella extrañada.
—Así es. Porque le entristecía ver que su hijita adorada se ha convertido en una niña caprichosa y egoísta, que no es capaz de complacerse más que a sí misma. Es por eso que estoy aquí, para castigarte por tu mal comportamiento, y para hacerte ver que las cosas muchas veces hay que saber apreciarlas tal y como son, y que con humildad, la vida es mucho más bella y satisfactoria. Ahora cerrarás los ojos, princesita caprichosa, y cuando los abras, todo cuanto conoces habrá cambiado. De ti depende obrar el milagro, y que el cambio sea para mejor.
Y dicho esto, la bella mujer posó sus labios en la frente de la pequeña sin darle tiempo a responder, y ésta quedó profundamente dormida. Después desapareció perdiéndose entre las constelaciones de luminosas estrellas.
Cuando abrió los ojos se sintió extraña. Le pesaba todo el cuerpo, como si hubiera corrido durante todo él día y no hubiera dormido bien. Entonces acercó su manita para frotarse los somnolientos ojillos, cuando para su sorpresa, ésta había cambiado. La joven reina soltó un grito de espanto al contemplar que su suave mano, ya no era mano, sino una pequeña y aterciopelada patita. Asustada miró el sitio donde se encontraba, pero no reconoció nada a su alrededor. Estaba en una cestita de mimbre con un trapito de color azul claro, y todo, absolutamente todo lo que la rodeaba era tremendamente gigantesco. Saltó de la cesta torpemente intentando ponerse en pie, pero no fue posible. Sus piernas, sus brazos, todo se había transformado, y la sorpresa fue tal, que sus patitas traseras tropezaron haciéndose un lío, dando de boca contra el suelo. El brillante cuenco con agua que tenía cerca de la cama, revelaron por fin el misterio de su transformación.
—“¡Un perro!”. “¡Me ha convertido en un perro!”—exclamó para sí horrorizada—. “¡Esa horrible bruja me ha transformado en un vulgar chucho!”.
Y no sólo eso, sino en un perro de dimensiones absolutamente ridículas, que apenas si levantaba dos palmos del suelo. ¡Un chihuahua!.
Mirándose con espanto contempló sus dos enormes orejotas y aquellos brillantes ojillos saltones con horror y la despeluchada mata de pelo negro que cubría todo su cuerpo, y se echó a llorar amargamente.
No podía creerlo. ¡En un perro!. ¡Con lo poco que le gustaban a ella los perros!. De todos los animales del mundo, y tenía que convertirse en ésto. Tras el fatídico descubrimiento le siguieron muchos otros más. Como descubrir que no sólo era perro, un ridículo y pequeño chihuahua, sino que además, había nacido en una casita humilde de pueblo junto con otros cachorros, y oh desgracia, ¡ni siquiera tenía pedigree!. ¿pero en qué demonios estaba pensando aquella estúpida mujer cuando hizo el cambio?. De tener que haber sido algo, hubiera preferido ser un gato. Uno de esos que se pasan el día dormitando bien acomodados en un mullido cojín sin demasiado ajetreo. Incluso no le hubiera importado tanto si hubiera sido alguno de esos elegantes perros de pelo largo que había visto pasear galantemente algunas veces por palacio. ¿Pero ésto?. ¡Si estaba más cerca de ser murciélago que perro!. Al menos podría haber tenido el detalle de haber hecho un chihuahua en condiciones, pensaba ella con resignación, y no éste burdo intento de algo que no sabía definir muy bien.
Era toda de color negro con un poquito de marrón en las patitas, en un tono casi, casi como el fuego. También tenía unas graciosas cejitas muy pequeñitas de color crema sobre los ojillos, y un gracioso y tupido pelo muy áspero, que la recubría por todas partes como un pomponcito. Desde luego era un chihuahua, eso no se podía negar, pero ciertamente atípico en comparación con sus hermanos de pelo corto.
Pasaron los días, y tras la impotencia, llegó la resignación, y no tuvo más remedio que aceptar que ya no era la bonita princesita que fue y que tendría que esperar a que aquella extraña mujer la devolviera a su aspecto original.
Cierto día en que la sufrida princesa, intentaba escapar como cada día de su cesta, huyendo de los molestos jugueteos de los demás cachorros y de las “babosas atenciones” de su ahora madre perruna, la dueña de la casa entró en la cocina seguida de un par de personas. Eran una guapa mujer bien vestida de talle esbelto y negro cabello, acompañada de una niña de ojillos almendrados y brillantes de color avellana, que no cabían en sí de ilusión.
Cuando la mujer le pidió que escogiera, le sudaban las manos de los nervios. Miró entonces hacia la cesta donde correteaban los pequeños cachorros con emoción. Eran todos muy bonitos y pequeños, y ella había esperado tanto tiempo para tener un perro…, que cualquiera que hubiera escogido le habría parecido precioso. Pero no fue así. De entre los pies de la señora apareció una cachorrita casi completamente negra con el rabillo muy, muy tieso, y carita de mala, que a diferencia del resto, tenía el pelo bastante más largo que el de los demás cachorros, haciéndola parecer un pompón de pelillo muy tieso. Los ojos se le llenaron entonces de alegría, y dijo con seguridad:
—¡Ésa! —señalando a la par a la pequeña bolita negra.
—¿Esa? —se sorprendió la mujer—. ¿De verdad te gusta esa? —volvió a repetir extrañada.
La niña afirmó con fuerza dejando entre ver sus blancos dientecillos en una bonita sonrisa, y soltando alguna que otra risita nerviosa.
—Bueno…, si te gusta esa… La verdad es que ésta ha salido muy rara —se sinceró la mujer—, con tanto pelo… Además, a la mayoría de la gente no les gustan de color negro…
—A mi me gusta —dijo la chiquilla clavando su mirada en los redondos ojillos de la perrita.
—Pues no se hable más, —dijo entonces la madre—. Pero ahora habrá que buscarle un nombre. Un buen nombre —dijo pensativa.
La perrita, sorprendida por todo aquello, se quedó mirándolas algo reticente.
—Se llamará… ¡Reina! —exclamó entonces la pequeña—. ¿Te gusta Reina, mamá?.
—Es un bonito nombre. Y además, será muy apropiado para la que en breve se convertirá en “la reina de la casa”.
Y así sucedió que la princesita, de la noche a la mañana había dejado su lujoso y suntuoso palacio y sus caprichos, para verse transformada en la vulgar mascota de una niña que no le daba mayor comodidad que una camita bien arreglada y mullida justo pegando a uno de los radiadores más grandes de la casa. Al menos, así lo veía ella. ¡Que humillación!. ¡Qué bajeza!, verse degradada a simple perro de compañía, y en manos de una niña de 12 años de lo más normal. Por no decir que todo era aburridamente normal allí. La casa, el patio, y todos los que la habitaban no dejaban de ser simples personas normales y corrientes sin nada que las hiciera especiales. O al menos, eso pensó en aquel momento.
Día tras día, la niña procuraba atender a su pequeña Reina como se merecía. Le daba el biberón con un pequeño babero puesto, limpiaba sus “cositas”, la bañaba, mimaba y cuidaba con tal esmero, que pareciera que fuera su madre. Sin embargo, ninguna de éstas atenciones bastaban a la pequeña bola peluda, que aún llena de soberbia y altivez, se tomaba la libertad de exigir a sus ahora cuidadores humanos, tal y como hiciera en su castillo cuando era humana.
—¡¡Gua!! —decía en un ladrido corto, fuerte, y seco, cargado de un potente tono de exigencia.
Sentía tal irritación e impotencia por no poder hablar y pedir claramente las cosas, que hasta parecía dar un pequeño saltito cuando ladraba.
Cada vez que deseaba algo, ladraba con indignación hasta conseguir aquello que quería. Desde bajar del escalón de salida al patio, a pedir la parte más jugosa de pollo que pega al muslo, o brazos cuando quería tumbarse entre las piernas de alguien para acomodarse y calentarse las patitas.
A la familia le daba la impresión muchas veces de que la perrita negra parecía, no, debía de entender cada una de las palabras que decían; pues aquellos brillantes y avispados ojillos luminosos no podían sino provenir del brillo de inteligencia propios de una persona. Y no andaban muy desencaminados…
La niña que la cuidaba, que en muchas ocasiones se había sentido sola, notaba cómo esa sensación iba desapareciendo poco a poco conforme pasaban los días; y por contra, una espléndida sonrisa afloraba cada vez más hermosa en su rostro. La perrita negra, era mucho más que una simple chihuahua. Era su Reina; la reina de la casa, y su niña. Y cómo disfrutaba cogiendo en brazos a su niña pese a los bocados que ésta le tiraba cuando no le parecía conveniente que la cogiera. Cómo le gustaba jugar con su perrita negra y verla correr como un cohete de una punta a la otra de la habitación, y cuánto disfrutaba durmiendo con ella dentro de la cama hecha un ovillo pegando a su barriguita. No le importaba que fuera pequeña, que tuviera el pelo más largo de lo normal, que pudiera estar cruzada o que no tuviera papeles que demostraran su raza o fina procedencia. Desde el primer día que la vio supo que era perfecta para ella. La más bonita, pese a lo que dijeran muchos.
Y así, la intolerante Reina, se fue volviendo con el tiempo más dulce, cambiando algunas cosillas de su carácter, y agradeciendo con besitos y algunas gracias de vez en cuando las caricias y cuidados que le daban. Y la gruñona y egoísta sombra que la había caracterizado, se fue atenuando hasta desaparecer casi por completo. Esto no quiere decir que la “reinita” se volviera buena de la noche a la mañana; ni mucho menos… Sus exigencias, aunque ya algo más modestas, formaron parte del día a día en su convivencia con la familia. Los robos de pañuelos de papel, las “trampas” que acostumbraba a poner por toda la casa celosa del bebé, sus correteos a las gallinas de la abuela… Pero habían llegado a un punto, en el que no les importaba. La habían aceptado tal y como era, y la querían con ese genio y esa pizca de mal carácter; en especial la niña que la había adoptado. Eso mismo era lo que la hacia especial. Y ella se daba cuenta de ello. Quizás por eso fue sintiendo cómo una cálida sensación de afecto por todas aquellas personas afloraba de su interior desbordándose y llenándola de gozo. Había encontrado la figura de la madre que no había tenido en aquella niña, y una familia con la que compartir su cariño. Puede que fuera un perro, ¡un chihuahua, diablos!; pero lo cierto es que cada día que pasaba se sentía un poco más feliz y llena de vida junto a ellos.
Pasó el tiempo. Y de qué forma… Cuando eres perro todo a tu alrededor parece pasar más intensamente, más rápido que si eres persona. Quizás fuera eso, o quizás sencillamente que cuando estás a gusto todo pasa más deprisa. El caso es que la pequeña perrita negra hacía ya mucho tiempo que había dejado su pelusilla de pompón por un suave y largo pelo que le sobresalía de las orejillas y de algunas partes de su pequeño cuerpo, y las carreras y jugueteos para acomodarse a una vida sedentaria y plena rodeada de personas que la querían y a las que ella adoraba. La niña también creció. Se hizo mayor y se casó con un buen hombre, que aceptó con ella las manías de la pequeña perrita negra, e igualmente ésta tuvo que aprender a ceder y a compartir la cama de su mamá con otra persona…
Pero como todo lo bueno se acaba, y todo cuento tiene su final, sucedió que una mañana de invierno del 2 de Diciembre, unos seis meses antes de cumplir trece añitos de su vida perruna, se despertó más pesada y cansada que de costumbre. Ya no podía levantarse de la cama como hacía cada día a hacer su recorrido matutino. Tenía sueño. Mucho sueño. Y estando cómodamente tumbada en su cestita de mimbre, muy parecida a la cestita donde tuvo lugar su primer despertar, decidió cerrar los ojos para cabecear un ratito más.
En la oscuridad de sus sueños apareció brillante un espléndido cielo salpicado de estrellas, y entre ellas, una muy brillante que le resultaba familiar, bajó una vez más hasta la ahora perrita negra deslumbrándola con su candor.
—Has venido —dijo la perrita con voz humana.
El ángel se sonrió con dulzura, y con suave voz le dijo:
—He venido para llevarte de vuelta a tu reino, princesita. Has demostrado que tu corazón es grande, y que puedes darte a alguien más que a ti misma. Por ello, voy a recompensarte devolviéndote tu verdadera forma y llevándote de vuelta a tu hogar como la reina que eres.
—¿Recompensarme, dices? —respondió la princesa—. No has podido darme mejor y mayor recompensa que el saberme querida por tanta gente a la vez. No quiero una vida rodeada de criados y riquezas. Estaba ciega. Ahora me doy cuenta de que lo que de verdad importa es el amor que puedas dar y recibir de los demás. Jamás he sido más reina que siendo la humilde “Reina” de aquella niña pequeña que me tomó aquel día entre sus brazos. Mi vida ha sido plena. No puedo quejarme de nada, ni quiero cambiarla por ostentosos y vacíos castillos, ni hecho en falta nada más.
El ángel, conmovido por las palabras de la pequeña reina, se acercó dándole un beso en la cabecita peluda, y resplandeciendo dijo:
—He cumplido mi promesa, viejo rey. Descansa tranquilo.
—Sólo una cosa más querría pedirte buen ángel —señaló la perrita—. Y es que me dejes despedirme de aquella que ha cuidado de mí con tanto esmero todo éste tiempo.
Y el ángel, asintiendo, se alejó desapareciendo en el cielo mientras decía:
—Te esperaré aquí entonces, pequeña “Reina”.
Cuando abrió los ojillos, vidriosos por los años, se vio en brazos de su dueña que la miraba con los ojos avellana llenos de lágrimas. La perrita, con una expresión dulce, casi sonriendo con sus canillas en el pequeño hociquito, parecía decirle:
—“No llores, por favor”. “Me voy de aquí feliz porque me habéis dado todo lo que nadie podría haberme dado mejor. Porque has sido amiga, has sido madre, compañera, todo en mi vida. Guarda mi recuerdo como algo feliz, tal y como yo lo he sido a tu lado”. “Gracias por todo…”.
La muchacha, entendiendo más claramente que nunca esas palabras que no había oído, pero sí escuchado siempre en su corazón, besó sus patitas de color fuego, y con una sonrisa la dejó marchar.
Desde el cielo cada noche la perrita, que ya nunca más quiso volver a su cuerpo original, contempla junto al ángel el pequeño jardín que en su honor, habían hecho para recordarla. Y cada noche, cuando se oculta el sol, la muchacha enciende una vela dentro de una lamparilla para que su Reina, pueda ver desde el cielo, que nunca, nunca jamás, la olvidará.

En tu honor, mi niña. Yo tampoco he podido ser más feliz a tu lado.